Peregrinos del Milagro: Mientras miles de fieles emprenden el recorrido hacia el Milagro, en el acceso sur de la ciudad se gesta otra forma de devoción: la espera activa. Mariela Quintana, junto a sus hijos y un grupo de vecinas, organiza cada año un parador en Parque La Vega para asistir a los caminantes que llegan agotados tras jornadas de travesía.
peregrinos del Milagro
Según publicó eloncesalta, Mariela y sus hijos: el abrazo que espera a los peregrinos.
Un refugio en el camino
El parador, ubicado en Parque La Vega, es gestionado por un grupo de 13 mujeres que se organizan para recibir a los caminantes, especialmente a aquellos que provienen de Cafayate, San Carlos, Seclantás y diversos puntos de Catamarca. Durante los días 13 y 14 de septiembre, el equipo despliega una logística que comienza en la madrugada y se extiende hasta la noche.
Más allá de la asistencia material, como la entrega de infusiones calientes, alimentos y un lugar para descansar, el espacio busca brindar contención emocional a quienes llevan días recorriendo los Valles Calchaquíes. Para Mariela, esta tarea trasciende la ayuda inmediata: es una forma de transmitir valores a sus hijos, enseñándoles la importancia de asistir al prójimo sin cuestionamientos.
El desafío de las donaciones
Sostener esta tradición requiere de una planificación previa de varias semanas, donde las voluntarias recolectan pan, bebidas, frutas y otros insumos. Sin embargo, este año la situación es compleja debido a la escasez de donaciones, lo que genera una profunda preocupación en el grupo.
Mariela expresó conmovida que la falta de recursos les duele, especialmente al pensar en los peregrinos que confían en encontrar ese punto de apoyo al llegar a la ciudad. La incertidumbre sobre si podrán cubrir la demanda de los caminantes es el principal desafío que enfrentan en esta edición del Milagro.
El Milagro no solo se vive en las procesiones, sino también en estos gestos silenciosos al costado del camino. La labor de Mariela, sus hijos y sus compañeras representa una de las expresiones más profundas de la fe salteña: la capacidad de dar sin conocer a quién, esperando con los brazos abiertos a quienes llegan tras haber caminado cientos de kilómetros para encontrarse con el Señor y la Virgen.
